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  • Paloma Sánchez Álvarez

la búsqueda de la felicidad

Si hay algo común a todos los seres humanos, independientemente de culturas, razas, sexos… es un deseo profundo de alcanzar la felicidad.

Muchas veces nos hemos sentidos movidos hacia metas u objetivos (profesionales, personales, emocionales…) que una vez conseguidos pensábamos que íbamos a ser felices para siempre.

Y pasados los primeros momentos esa sensación de” felicidad” se ha diluido; sólo alcanzamos a conectar con ella mediante el recuerdo de situaciones acontecidas alrededor de la vivencia de esa etapa especial de nuestra vida.

El momento, en sí mismo, de vivir la satisfacción de la meta conseguida desaparece difuminándose con el paso del tiempo.

¿Qué es lo que genera esta sensación fugaz de felicidad?

¿Cuáles son los mecanismos mentales que subyacen a la temporabilidad de sentirse feliz?

El cerebro experimenta las circunstancias de todo suceso de una forma determinada.

Las condiciones físicas, ambientales y neurológicas en las que nos encontramos al procesar la información determina el contenido de esa impronta en nuestra memoria.

Cada uno de nosotros somos el resultado de un conjunto de asociaciones de recuerdos que se perciben como una totalidad.

De esa forma, lo que vivimos en el pasado (las emociones que experimentamos, la risa, un corte de pelo, la comida que tomamos, los lugares en los que estuvimos, nuestro estado físico…) configura un paquete de memoria que condiciona lo que experimentamos en el presente.

Cuando se repiten determinadas circunstancias que ya hemos asentado y que están almacenadas en nuestra memoria, volvemos a procesar la información de la misma forma.

Esto se explica fácilmente cuando, por ejemplo, percibimos un aroma u olor que nos recuerda a una determinada persona o cuando escuchamos una canción y revivimos aquellas sensaciones y emociones del tiempo de nuestra infancia o juventud en el que solíamos escucharla.

Las asociaciones neuronales con la segregación de las sustancias bioquímicas (serotonina, catecolamina…) determinan el patrón de memoria que se pone en funcionamiento ante la información que nos llega a cada instante.

Todos hemos sentido en alguna ocasión el estar hablando y, de pronto, no saber lo que estábamos diciendo. Estos lapsus nos indican la existencia de espacios vacíos en las conexiones cerebrales. Esto supone que lo externo permite percibir las experiencias como un continuo, como un proceso en el que después de un estímulo llega una consecuencia, lo cual es, en muchos momentos, de gran ayuda para el aprendizaje y para la supervivencia.

Pero… ¿qué pasa cuando no se dan esas circunstancias externas que evocan estados de bienestar o felicidad? O ¿qué pasa cuando lo externo evoca estado de tristeza o desesperanza?

¿Quiere decir esto que somos dependientes de todo lo que sucede fuera de nosotros?

En cierta forma sí.

Dependemos de si nos sonríen o no, de si huele bien o no, de si el color de mi jersey me gusta o no, de si me gusta el coche en el que viajo, de si he comido esto o aquello, de si…, de si…

La maravillosa noticia es que cada uno de nosotros podemos manejar esa realidad profundizando, identificando y trasformando esos paquetes de información almacenados en nuestra memoria.

La modificación del pensamiento que nos permita disfrutar de estados de bienestar con mayor perdurabilidad en el tiempo se puede conseguir mediante herramientas como la reestructuración cognitiva, pensamiento positivo e hipnosis clínica.

¡Si eliges tus pensamientos, eliges tu emoción; si eliges tu emoción, eliges tu actitud; si eliges tu actitud eliges tu vida! tu vida eliges tu destino!


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